Mientras en La Habana se
dialoga con miras al fin del conflicto en Colombia parece que este estuviera en
su máximo apogeo, los trofeos de guerra que el gobierno Santos presenta a la
opinión pública demuestran que no se está ad portas de un desescalamiento del
conflicto sino todo lo contrario, la orden que a diario hace a las tropas sobre
intensificar las acciones militares, permiten deducir que Santos al igual que
su antecesor todavía cree en la derrota militar, como medio para el fin del
conflicto.
La paz para Santos ha sido
solo el discurso que ha utilizado sagazmente; en primer lugar para mantener a
la opinión pública entretenida y dar la idea que estaba haciendo algo
productivo en su gobierno, entre otras cosas para bajarle la intensidad a la
marcha de los estudiantes agrupados en la MANE que pedían la reforma a la
educación, reforma que después de 5 años no se ha visto ni las primeras
propuestas.
En segundo lugar gracias a
un delito cometido por Uribe, logró postularse para un segundo mandato, sin que
en su campaña pudiera hacer un balance del buen momento por el que atravesaba
el país en materia de política social, contrario a esto logró la firma de un
sinnúmero de TLC, perjudicando a la industria nacional y entregando la economía
y la producción de recursos naturales a las transnacionales. De esta forma el
discurso de la paz para los colombianos le sirvió como caballito de campaña. Es
decir Santo fue elegido para sacar el proceso de paz adelante.
La cuestión es que si el
país estuviera convencido que por la vía militar se llegaba a la paz, no habría
sido elegido presidente, pero como Santos no se ha caracterizado ni por cumplir
su palabra, o por mantener una coherencia frente a las problemáticas del país,
por el contrario ha mostrado gran desconocimiento cuando se trata de temas
sociales o de cumplimiento a los huelguistas que reclamaban sus derechos.
Por ello la paz para Santos
es solo lo que le beneficia para consolidar acuerdos con las transnacionales,
permitir la injerencia de EEUU y desalojar a los colonos que han mantenido posesión
de tierras que ahora son importantes para la economía extractivista, o sino
como se explica los mega proyectos que se están construyendo en el Caquetá, la
pregunta que surge es que interés existe sobre las zonas donde se han
presentado combates últimamente o que esconde el Cauca, no solo la salida al
mar, lugar de duros enfrentamientos.
El discurso sobre establecer
la presencia del Estado no es válido, sobre todo cuando estas comunidades han
afrontado por años la falta de presencia del Estado no en fuerza pública sino
en desarrollo e infraestructura, por el contrario han tenido que soportar el
estigma y la violencia que se libra en estas zonas.
Por otro lado, está la
manipulación burda que sectores políticos, medios de desinformación hacen sobre
el tema de la paz tratando de incidir en la opinión pública, catalogando los
muertos de uno u otro bando como héroes o villanos, los unos son héroes por su capacidad
de acertar en blancos desde el aire, con bombas que sobre pasan la imaginación
y en estado de indefensión. Los otros son villanos porque están dentro de la dinámica
del conflicto.
En este nuevo escenario cabe
preguntar será verdad que la sociedad no le cree a la insurgencia o al
presidente que en momentos de diálogos de paz ha mandado bombardear a delegados
participantes en La Habana. Con el ánimo seguramente de mantener tranquilo a su
socio y amigo Uribe, que siente que con la tregua unilateral realizada por la
insurgencia se derramo poca sangre.
Frente a este nuevo
escenario de guerra queda por preguntar nos estamos preparando para la paz o quizás
falte por acabar media Colombia, la más humilde para que el resto pueda vivir
en paz.